Por Luis Martínez Ramos
Son las tres de la tarde, el sol luce radiante. La tenue sombra de un algarrobo cobija el descanso placentero de un hombre, tiene el torso semidesnudo. Un niño vuela su cometa, hecha de una bolsa plástica. Otros “churres” corren, descalzos, en las polvorientas calles de Nueva Esperanza. Grupos de muchachos juegan a los naipes, otros lanzan palabras soeces que van desde la a hasta la z. Y…
En lo alto de una casa se puede observar una bandera blanca, señal que invita a los parroquianos a degustar la rica chicha norteña. En el interior siete mesas abarrotadas de muchachos. Las mujeres que atienden llevan cerveza, una fuente con cebiche, jarras repletas de chicha.
“…Nunca hemos sido los guapos del barrio, nunca hemos sido una cosa normal..” son las notas que forman parte de este ambiente. De pronto una voz ronca grita: “…una jarra con chicha…”, y la jarra con chicha es el centro de atención de la banda de los Coyumbas.
Personajes como Pantera, Che Carlitos, Papito, Chato, entre otros, se han hecho conocidos por sus peleas callejeras con otras pandillas como las Abejas, Los Escorpiones, Las Moscas entre otras bandas juveniles que mantienen en alerta a los pobladores del sector oeste de Piura por su forma violenta de actuar.
“Se arma una verdadera batalla campal cuando los Coyumbas están borrachos. Tiran piedras a los techos, atacan a nuestros hijos con piedras, palos, cadenas, verduguillos, chavetas. Cuando se enfrentan con otras pandillas hay heridos, o en el peor de los casos un muerto”, señala uno de los vecinos de la zona.
En medio de este ambiente van creciendo estos muchachos. En una zona donde la vida cotidiana se mezcla con la violencia, el desempleo, las drogas y mucho más. Donde las personas de buen vivir ven peligrar sus vidas, la de sus hijos e incluso sus pertenencias, que han ganado a punta de mucho esfuerzo y trabajo. Muchos de los vecinos han sido víctimas de robos… un reloj, una cadena o cualquier objeto de valía. Si las personas se resisten salen a relucir cuchillos y chavetas. “Algunos no tenemos viejo. La vida para nosotros no es fácil. No creas que todos los muchachos de la zona son malos. También hay gente sana”, nos refiere uno de los integrantes de esta banda juvenil, que tiene tatuado en el brazo el nombre de María.
Y estos muchachos se van perdiendo en una botella de cerveza, en una bolsa de cañazo. “Nosotros también podemos hacer cosas útiles. Ojalá las autoridades nos den una oportunidad. Ojalá nos den una manito”, nos refiere con voz entrecortada uno de los muchachos. Y mientras nos alejamos del lugar, observamos como los niños corren tras una pelota. En sus caritas aún se dibuja una sonrisa. Y nos vamos con esa imagen, que a pesar de tantos peligros y sinsabores aún se puede sonreir en este barrio llamado Nueva Esperanza.










Hola.
Felicitaciones por tu relato, muy bien elaborado, con buen final. Te felicito, por plasmar un dia comun en aquel lugar. Si tienes algun blog o pagina web donde leerte, avisame por favor.
Un abrazo, un gusto leeer tu relato.