Por Guido E. Chávez Requena
Al intentar hacer una reflexión personal para relacionar la teoría y nuestra práctica pedagógica, surgen interrogantes constantes que promueven una profunda meditación, como: ¿estamos cumpliendo con nuestro trabajo como maestros? ¿Nos construimos continuamente como personas de tal manera que seamos el centro de nuestra propia historia? ¿Nuestra permanente preocupación es mejorar nuestro trabajo diario? ¿Contamos con una política educativa que garantice un trabajo beneficioso para el país?
A riesgo de repetir lo que ya es un lugar común en nuestro ámbito de reflexión y quehacer, debe destacarse que la calidad de los docentes es el factor que incide con mayor fuerza en los logros de aprendizaje de los niños. Sólo si mejora la calidad de los profesores que empiezan y continúan trabajando en la enseñanza, podremos garantizar que los ciudadanos de este país sean individuos con valores y competencias que les permitan mejorar la calidad y las condiciones de su propia vida y las de sus congéneres. Y sólo si la calidad de los maestros mejora, podrá el país adaptarse a una sociedad y a una economía crecientemente globalizadas, que dependen enormemente del conocimiento, y de las maneras en que éste se obtiene, se analiza, se comunica, se distribuye y se aplica a la solución de problemas.
Los maestros llegan a tener en sus manos buena parte de la responsabilidad de educar a los niños peruanos que, antes de mediar este nuevo siglo, serán quienes “hagan y deshagan” en este país, los responsables de construirlo o salvarlo, de cuidarlo o liderarlo. O de esos niños que, si las cosas resultan muy diferentes a nuestras esperanzas, serán tan sólo víctimas de procesos sobre los cuales no tendrán la capacidad de ejercer control alguno.
De manera muy sintética, puede decirse que los docentes deben llegar a sus aulas, y mantenerse en ellas, con una comprensión sólida y profunda de las materias que enseñan, con una comprensión basada en la observación y reflexión sobre la manera en que los niños -sus niños- aprenden y con un fuerte compromiso de apoyarlos para alcanzarlos.
Para que los educadores lleguen a las aulas en esas condiciones es necesario que las instituciones donde se forman los docentes se transformen, a fin de que los nuevos maestros aprendan de una manera diferente. Si ellos mismos no “aprenden a aprender” de maneras múltiples y renovadas, difícilmente se logrará que las políticas de mejoramiento educativo rindan plenamente sus frutos. Esto porque, en última instancia, la mejora de la calidad educativa se dilucida dentro de las aulas, en las relaciones que se establecen entre docentes y alumnos, en los conocimientos que se ponen en juego, en la enseñanza que efectivamente se imparte y en el tipo de actividades que son propuestas para el aprendizaje de los niños.
Coadyuvar al logro de este cambio no es sencillo, ya que el ritmo de avance en los conocimientos torna obsoletos muchos contenidos muy rápidamente, y la investigación sobre procesos pedagógicos también está produciendo conocimientos útiles a pasos agigantados. Los profesores debemos ser personas que actualizamos permanentemente nuestros conocimientos disciplinarios y pedagógicos, que estamos familiarizados con las nuevas tecnologías de acceso a la información, que poseemos competencias didácticas complejas y capacidad de reflexión y aprendizaje a partir de la experiencia, como para adecuar una propuesta de enseñanza a públicos y contextos diferentes, que poseemos una importante capacidad para las relaciones interpersonales, en áreas tales como la conducción de grupos, la relación con la diversidad y la interacción con los colegas y que asumimos un sentido ético y de compromiso social en el ejercicio de la profesión.
Estamos saliendo apenas de un período prolongado durante el cual la idea de que el alumno es el protagonista constructor de su propio aprendizaje y de que el educador no es “sino” el facilitador de tal proceso, ha sido con frecuencia equívocamente comprendida como que el maestro no tiene que “poseer” nada, pues no tiene que “dar” nada que no sea seguridad emocional, autoestima, afecto, climas apropiados y estimulantes, etcétera. Empieza ahora a rebrotar el sentido común de que si queremos que todos los estudiantes aprendan, tenemos que contar con maestros adecuadamente preparados para enseñar.
Urge, entonces, apoyar prioritariamente a nuestros profesores para que vuelvan a convertirse en las figuras centrales en la conquista de una mayor calidad de la educación.
Pero, ¿qué está sucediendo actualmente en nuestro país? Nuestros docentes se encuentran preocupados, por decir lo menos, frente a la tremenda crítica que se les hace respecto a la calidad de la enseñanza que imparten. El problema no es sencillo, no se va a solucionar con la evaluación aplicada a los maestros y cuyos resultados ha difundido el Ministerio de Educación de manera triunfalista. ¿En esencia, ha descubierto algo nuevo el Ministerio de Educación a través de la Evaluación Censal?
No podemos seguir pensando que la responsabilidad educativa es sólo de los profesores. ¿Y el Estado qué está haciendo al respecto? ¿Y el resto de la sociedad?
El docente, con todas sus limitaciones, está cumpliendo con orgullo y dignidad su labor docente en el lugar más recóndito del país, en los barrios más conflictivos, haciendo las veces de médico, dirigente comunal, promotor deportivo y hasta consejero espiritual. Y si la Institución Educativa es unidocente, se multiplica desempeñándose como profesor, director, personal administrativo y auxiliar.
El docente, estoy seguro, está asumiendo su responsabilidad, la que le corresponde asumir hidalgamente, comprometiéndose a cumplir con el rol que le ha encargado la sociedad. Toca ahora al gobierno de turno cumplir con su obligación, que para eso ha sido elegido. Sin caer en amenazas como esa creación del Padrón de Docentes Alternos que sólo genera enfrentamientos de todo tipo. Mas bien debe tomar decisiones concretas, que den a la educación el lugar privilegiado que debe tener para el desarrollo futuro de nuestra sociedad. La calidad de la enseñanza depende básicamente de la importancia que se dé al sector Educación en su conjunto: mejores docentes, valorados como personas y mejorando la formación que reciben para hacerles capaces de afrontar los retos y las nuevas exigencias sociales. Elevar considerablemente el presupuesto asignado al sector educación con el fin de mejorar la infraestructura, adquirir herramientas tecnológicas, promocionar salarialmente a los docentes. Todo ello dentro de una Política Educativa que tenga en cuenta Proyectos hechos por maestros y para maestros, lo cual sí nos garantizaría una verdadera Calidad Educativa.







