El amigo cobrador

Por Richard Chávez 

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A las 5 de la mañana ya debe estar tomando la ruta que lo enrumbará a la debida limpieza. Estar limpio y bien presentable es su compromiso, pues muchas veces ha sido victima de improperios. Pero él no tiene casa de dos pisos con vista al parque, en donde hay para escoger la temperatura del agua, o bien está la bienhechora terma. Entonces, tendrá que acostumbrarse a la gélida agua de algún bidón llenado hace cuatro días, cuando la cisterna se acordó pasar por su casa.  

En su mayoría son niños que gozan de esa “suerte” de tener un puesto de trabajo. Se entregan sutilmente a los balanceos y malabares en la puerta, olvidándose de aprovechar esa cándida edad en donde los juguetes se convierten en sus primeros verdaderos amigos. Pero en la realidad, los pasajeros son sus únicos amigos los cuales de vez en cuando engañan a esa amistad con falsos billetes. Su juego es sonar y ordenar las monedas en la palma, y doblar billetes haciendo de su mano un pulpo muy valioso. Nunca a jugado en el columpio o en algún esparcimiento mecánico, sin embargo, muy bien juega al sube y baja.  

Jóvenes preparándose en la universidad de la calle, cuyas clases son aprendidas en aquel destartalado vehículo. El único curso que llevan es el del cruel destino, del cual esperan aprobar. El único lema para ellos es trabajar para poder comer. Su tutor, al final de la faena ya entrada la noche, lo felicitara por infringir las leyes y por subir pasajeros en exceso. Finalmente será acreedor del diploma en donde está plasmado el rostro de Quiñónez.  

Acceden a los desprecios de algunos pasajeros, que por dejarlos a unos tres metros después producen grandes bataholas, rehusando a una humilde cordialidad. También tendrán que aceptar el olvido de la cobranza de algún aprovechador. Por eso debe estar muy atento. Pero aquí, todos olvidan o ignoran el verdadero rostro que se esconde detrás de él, y que es otro tipo de pasajeros, de los que escoge la ruta de la ilusión para llegar al paradero de la esperanza, en donde esperará sentado, como dicen: para no cansarse. 

También lo realiza señoras, a quién en casa esperan tres platos vacíos, unos novísimos llantos, y muy aparte de eso, el sueño por encontrar un nuevo amor cuyo espacio nunca lo dejó nadie, ni siquiera lo ocupó, pues es madre soltera con cuatro hijos. Pero el trabajo ha hecho reemplazar los cánticos que harán dormir al menor por aprenderse de memoria las rutas que recorrerán. Pero como ella dice: trabajo es trabajo y no importa si soy mujer, igual es agotador.  

Con cierta sapiencia debe conocer el nombre de las calles, hacer fulminantes cálculos, saber el estado de las monedas y del billete y pronunciar con fuerza el “baja baja” y el “sube sube” pues el chofer disfruta a todo volumen alguna cumbia de moda. Debe escapar a la visión de ave de rapiña del señor policía quién muchas veces ha descubierto subiendo pasajeros en esquinas prohibidas. Pero para todo esto, ella tiene mañas aprendidas de la vida, pues lo único que estudió fue un curso de Corte y confección.  

Y en el destino final recibe la calurosa estima de sus hermanos, pues gracias a él se puede comer. Y gracias a él también puede devorar aquel alimento friísimo que le dará las fuerzas suficientes para el día siguiente. A veces, a duras penas enciende la televisión, pero ver todos los días accidentes de combi en donde chofer y chullillo mueren, no es tan agradable que digamos. Entonces, sólo decide dormir y rezarle a Diosito que no corra esa suerte.

http://richardchavez.blogspot.com

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