Por: Richard Chávez
Se dice que el educador o docente es el real concretador del currículum, porque es la persona que conoce, percibe, analiza y comprende la realidad educativa en el aula. Es un ente captador de la realidad en su totalidad, aquel que ofrece con su habilidad una alternativa de intervención en dicha situación mediante el diseño, puesta en práctica, evaluación y reelaboración de estrategias adecuadas: el currículum.
La tarea de enseñar naturalmente se produce en la personalidad del docente; profesional competente más preparado y apropiado para manejar y organizar los recursos educativos con los cuales difundirá sus conocimientos en el aula. El resultado de esta difusión será el almacenamiento de aprendizaje en sus alumnos, que no sólo logrará en un semestre o en un año escolar, si no a lo largo de la etapa de aprendizaje: toda la vida.
El docente recibe una situación en la cual se trazará objetivos para mejorar la situación educativa, entonces, acompañará directamente a sus alumnos en sus respectivos procesos de construcción de los propios saberes para que individualmente y colectivamente llegue a desarrollarse. Sólo así se le podrá llamar “Constructor de éxito”. Con la imposición de este adjetivo, el docente se verá en la necesidad de educar, muy aparte de enseñar, porque se enseña con las palabras, pero se educa con el testimonio de vida diario: con nuestros actos.
De lo anterior, se deduce que es la persona más cercana al aprendiz, la más propicia e indicada. Incluso, más que los directores, administradores, padres de familia, o que el mismo contexto social que muchas veces no son los idóneos para realizar la tarea más excelsa: la de educar. Debido a esta proximidad, profesor-alumno, logra comprender los distintos niveles de profundidad posibles y existentes, las complejas dimensiones de la persona para el desarrollo integral del alumno.
Entonces, las escuelas requieren de profesionales competentes que sepan responder a las nuevas exigencias de la sociedad y del mundo entero. Maestros que tengan la capacidad de estar preparados para los cambios vertiginosos, que dominen con seguridad estas situaciones creando y sabiendo emplear sus proyectos de solución. Esta competencia pedagógica también implica tener actitudes personales de respeto, comunicabilidad, adaptarse a la realidad, empatía para con sus alumnos y valores definidos para su transferencia. Así como también, aceptar la crítica y evaluación sobre el manejo de su destreza educacional.
Es muy importante un lazo amical que contenga lealtad y confianza, puesto que los alumnos confiarán su aprendizaje en los docentes. La desconfianza rompe la relación educativa, porque de ella se germina la inhibición, alejamiento al grupo, rechazo por el aprendizaje, y un adormecimiento de su motivación. Convivir en armonía, hacer del salón de clase una familia, el sentirse padre de decenas de alumnos, deben ser también un objetivo por parte de los docentes para lograr mejores resultados, que por más pequeñas que nos parezcan estas respuestas servirán colosalmente. Las grandes cosas se componen de cosas pequeñitas.








