Por Oscar Gallo
Había leído en verano sobre cómo el consumo de biocombustibles para reducir el daño ambiental de los derivados del petróleo acababa yendo en contra de la propia vida humana. Lo decía este artículo de Guillermo Giacosa, quien a la vez cita al suizo Jean Ziegler:
Se opone a la fabricación de biocarburantes con estas palabras: “La transformación masiva de plantíos consagrados a los alimentos hacia la producción de biocarburantes va a crear hecatombes”. Y explicó que para producir cinco litros de etanol se necesitan 230 kilos de maíz, una cantidad que alimentaría a un niño durante un año. “Yo comprendo la necesidad de controlar las emisiones de efecto invernadero, pero no ponerla por delante de la muerte de la gente”
En resumen, terminaríamos teniendo empresas y gobiernos con responsabilidad social pero con ”efectos colaterales”. Afortunadamente, posts como este ya explican un poco cómo funcionan los biocombustibles de segunda generación, partiendo del principio fundamental de que no queman comida. Porque no hay que tener bien las prioridades para que tu carro coma mejor que tú. El inconveniente, para variar, son los costos en tecnología para procesarlos.









