Por: Richard Chávez
La adolescencia es el periodo de transición entre la infancia y la madurez. Es separarse del mundo infantil (en donde se sentía seguro y protegido por los padres) y pasar a ser un adulto (vendrá un crecimiento físico acelerado y una madurez genital) sin haberlo elegido y sin saber cómo actuar. Es aquí donde nacen las inseguridades o dificultades, también llamadas crisis adolescentes. Es la nueva etapa en donde se debe desligar de lo infantil, por eso casi siempre veremos en ellos un comportamiento pueril, es también buscar una cierta maduración e integración que lo lleven a sentirse un adulto, una persona responsable y libre “desprendiéndose del cordón umbilical que los une con sus padres”, para así lograr una autonomía.
En este proceso evolutivo del hombre, el adolescente tiene que tomar un gran número de decisiones relacionadas con su vida, su cuerpo, sus estudios o formación profesional, sus amigos, ilusiones y enamoramientos y relaciones sexuales, así como también valores y creencias. Decisiones, así como demás metas, que se le enfrentarán y le resultarán difíciles y muchas veces originaran las famosas crisis emocionales adolescentes ya mencionadas.
Así, erróneamente, los adolescentes pensarán que se trata de una desfamiliarización o ruptura total e irreparable de la familia o de los padres en especial. Esto originará la rebeldía de los adolescentes hacia sus progenitores, pues se creerá haber ya alcanzado la madurez, y que ellos no son tan necesarios como lo resulta el grupo de amigos que pasan a convertirse en sus nuevos consejeros que sí llegan a comprenderlos. Y es aquí, en las calles que el adolescente encuentra una confusión de su identidad; las pandillas, el vandalismo, el alcohol, las drogas, la prostitución, apatía, huidas de casa, incluso llegar a conformar sectas o grupos con “filosofías” extremistas como la moda “emo” muy mencionadas en la actualidad. Entonces, ya no serán los padres (primeros ordenadores) a quienes deban rebelarse, también lo harán con la ordenadora del hombre; la sociedad.
Por eso, se dice que los padres son los primeros y mejores educadores de sus hijos. Son, o deberían de ser, como el docente conocedor de su salón de clase, de sus alumnos y del contexto donde pondrá sus estrategias e impartirá sus enseñanzas. También, como el amigo que le conoce sus inquietudes, sentimientos, emociones, penas, alegrías, metas, ilusiones y que sabe aconsejarlo. Pero en el caso de un padre-amigo le aconsejará de forma objetiva, y no subjetiva como lo haría el amigo.
Entonces, es función de los padres quienes deben abrirle los ojos a la verdadera realidad, de hacerle atestiguar los diferentes puntos de vista, pues el adolescente solo vive un mundo visto por el mismo; un universo interior, único y cerrado. Pero para esto, los padres primero tienen que saber ponerse en el lugar de ellos, comprenderlos, y democráticamente comprender la etapa, pues se trata de un periodo delicado en que sus hijos descubrirán su identidad y definirán su personalidad. Un descuido y harán que sus hijos disfruten de la ruleta rusa de los sinsabores de la adolescencia.











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