Por: Eduardo Flores Rojas
La delincuencia en todos los pueblos del Perú se ha convertido en una lacra social. ¿La razón? Entre otros factores, son de carácter económico (falta de fuentes de trabajo), social (pobreza extrema) y educativo (analfabetismo); cuyos índices son alarmantes. Lo más grave es que cada día lejos de disminuir, por el contrario este flagelo se va incrementando en todas sus modalidades, especialmente en las ciudades de la costa norte de nuestra región; generando como es natural, sensación de inseguridad en el ciudadano ante los constantes asaltos o robos en la vía pública o en algún establecimiento, siendo muchas veces agredidos por delincuentes avezados al oponer resistencia y en el peor de los casos, con pérdida de vidas humanas. La misma intranquilidad nos invade al pensar que tal vez al retornar a casa, los “amigos” de lo ajeno hayan alzado con todo.
Este flagelo de la delincuencia puede ser resuelto si el actual gobierno, entre otras medidas, se abocara a mediano plazo a profundizar reformas que mejoren los niveles de vida y educación de grandes sectores excluidos de la población. El Ejecutivo sabe que es un clamor de toda la población la intervención del ejército como aliado de la policía para poner freno a la ola de delincuencia desatada en el país. La pregunta es ¿Por qué la indecisión? Nos atrevemos a pensar sin temor a equivocarnos, que el pretexto puede explicarse en que la delincuencia sólo se ha ensañado con las capas bajas y medias del pueblo y aún no lo hace con la misma contundencia, en las altas esferas del gobierno, llámense hogares de congresistas, ministros, presidentes regionales, alcaldes, altos ejecutivos e incluso de nuestro señor Presidente. Estamos convencidos que si eso sucediera, en un “san tiamen” modificarían la parte pertinente de la Constitución Política del Perú y el ejército entraría a operar en el acto patrullando ciudades y carreteras, como está ocurriendo en los países vecinos de Ecuador y Brasil. Estamos seguros que lo propio sucederá con las leyes que las harían más severas.
No debemos perder de vista que si no controlamos a tiempo a la delincuencia estamos poniendo en grave riesgo el desarrollo del país. Pero si todos tomáramos conciencia que la solidaridad es un valor supremo que nos eleva a la categoría de humanos, comprenderíamos que llevarlo a la práctica en todos nuestros actos, convertiría a nuestra sociedad en una fuerza organizada e invencible.










