Por momentos, Marlene piensa que esta es una más de sus ausencias. Que el Paúl, que siempre se está yendo diez o quince días a buscar pescado, aparecerá de repente por esa puerta de la casa sin número de sus suegros (de ella), en La Tortuga.
Y lacio, carirredondo y quemado por la radiación, volverá con algo de soles para la leche de Eduardito, el primer hijo que ya tienen desde hace dos años, o para sumar al ahorro para la casita soñada en el terreno propio de la calle San Pedro, en la caleta de seis mil almas junto al mar. Son jóvenes, ella 19, él 20, tienen mucho camino por delante y mucho mar, pero igual La Tortuga los retiene. Él no pudo salir del oficio familiar, cinco años lleva yéndose en la embarcación Rafael José Príncipe. Así lo imagina mientras espera noticias, yéndose en esa nave celeste de doce toneladas, ahí navega su compañero que la conquistó una mañana cuando ella estaba en casa de su madre y él llegó a jugar en el parque coliseo cercano. Allí en esa bolichera del patrón Arnaldo Querevalú se va yendo el hombre risueño que se curte la piel buscando perico para que su hijo llegue lejos, estudie, ojalá una profesión fuera del agua. Porque el mar tiene muchos peligros, iba a saber pocos días después que él en el mar de Chimbote levantó su celular Alcatel 973444937 a las 11:00 a.m. del 5 de enero: “Ya estamos saliendo hacia alta mar… ya regreso”. Se habían ido hasta allá en busca de perico porque en Paita se ahuyentó. Era el tercer viaje. En el primero sacaron seis toneladas.
Como toda esposa de pescador, Marlene sabe que el “ya regreso” significaba quince días de ausencia y hasta veinte, si la pesca es escasa. Es lo normal en La Tortuga. Como también lo es que a veces ocurran percances en la mar y que los tripulantes y su patrón se las arreglen para volver sanos, tan solo más asoleados de la cuenta. A no ser que les pase lo que a los cuatro hermanos Purizaca y dos amigos que se fueron un 30 de agosto y ya llevan 32 años sin volver.
Él sí volverá
Dice Marlene esta mañana, porque necesita creer, parada frente al Gobierno Regional donde sostiene una foto brillosa de su hombre, junto a un primo y un amigo nadando como delfines en aguas azules de alta mar, mientras carga al Eduardito que le falta edad para entender la ausencia del padre.
Detrás de la joven madre que aún viste con jeans y zapatos de taco alto como en las mañanas en que el Paul le lanzó los primeros piropos, hay carteles que piden avioneta y combustible a 600 soles el cilindro para ir a buscar por aire y mar a los seis desaparecidos que, once días después de la llamada de Paul, fueron vistos dejándose llevar por la voluntad del viento, en la coordenada 648:8230, con el motor dañado y sin radio por las baterías descargadas. Solo tenían arroz, fideos, agua para 15 días y ya llevan 21 desaparecidos. La Marina en Paita les ha dicho que ya sobrevolaron dos días la zona donde fueron vistos, pero que ya no pueden seguir. Y por eso los Querevalú, con sus vecinos y su alcalde César Ruiz Nunura, subieron a tres combis y se vinieron a pedir ayuda al Gobierno Regional. Después de recibirlos, el Presidente Regional llamó al Cónsul ecuatoriano, le pidió lanzar la alerta a caletas y puertos ecuatorianos, porque ya podrían haber cruzado la frontera. Pero las madres, hijos, hermanos y amigos de los desaparecidos querían avioneta. Porque por experiencia saben que 21 días después ya están bastante alejados de nuestra costa.
Sin embargo Marlene y la esposa del patrón, Elizabeth Panta y los familiares de Jorge Tejada y su primo el Negro y los de William Castillo y su hijo de 18, dicen que ellos volverán. Y se niegan a poner una estampita. Los esperan vivos.









