Lucas Jiménez
Diario EL TIEMPO – Piura.
Desde que dos vidas con pico dependen de mí, ya no me aburre leer las secciones de economía de la prensa peruana. Desde que estoy a cargo de dos vidas con plumas, mis oídos obedecen más rápido al llamado pío pío que al estresante sonido del celular. Y no es solo porque sin maíz y agua, no hay tecla que haga callar a un pollo hambriento; también porque ellos parecen alegrarse cuando me ven llegar con la bolsa de granos molidos.
Hace 31 días que me compré a Blanco y Canela. Como vivo en un edificio, y no puedo tenerlos conmigo, debo cruzar el río Piura cada vez que voy a visitarlos en el techo donde crecen, en casa de un familiar. Ser dueño de dos pollos, aunque sea de dos, te cambia el ánimo y es más fácil ser optimista. De hecho muchas personas se pusieron de buen humor con solo contarles que ahora tengo a mi cargo a dos friolentos emplumados. Aunque el proyecto da risa, tiene un propósito muy serio: alimentarlos hasta que estén listos para la olla y en el camino averiguar qué representa el pollo para el Perú económica y culturalmente, al punto de ser el tercer consumidor de estas aves en Latinoamérica, después de Brasil y Panamá.
Desde que muchas voces autorizadas como la del Bid empezaron a decir que este país va camino de convertirse en una de las más grandes economías de Sudamérica y de Latinoamérica, por sus diez años de crecimiento constante, pensé en contar historias de mineros, socavones o grandes asientos extractivos, en donde nace la principal fuerza motriz del desarrollo nacional, o en plantar un mango, un limonero o un huerto de uva o unas plantitas de algodón, o de maíz incaico en el país que siglos después ya no produce, sino le compra granos al país más poderoso del mundo. Pensé en estos y muchos otros caminos, pero terminé comprando dos pollos a tres soles cada uno, para tratar de entender al país desde su estómago. Desde su sistema digestivo al que cada mes ingresan 50 millones de toneladas de productos avícolas, además de huevos y pavo, según Percy Separovich de la Asociación Peruana de Avicultura (*).
Comprando alimento concentrado y cambiando agua a mis candidatos para pollada, indagaré por qué la Región Piura a la que llegaron las primeras gallinas de Pizarro, ahora depende de las avícolas trujillanas y limeñas y por qué después de llorar con la pollada más triste y sangrienta de la historia nacional realizada en Barrios Altos, después de avergonzarnos con un congresista “come pollo” y una inseguridad impulsada por bandas que siempre tienen entre sus pistoleros a algún alias “El Pollero”, en lugar de odiar al dichoso nombrecito, celebramos llamando cabeza de pollo a quien se marea con el primer vaso de cerveza, mientras celebramos que somos el país del arroz con pollo, y donde ya existe por ley un Día peruano del Pollo a la brasa.
Si cada peruano consume 36 kilos de pollo anuales… ¿Qué pasará el día en que Estados Unidos se niegue a vendernos el maíz, pieza fundamental en esta historia con pico y patas; o simplemente lo suba de precio como ya lo empezó a hacer? Lo sabré al final de este viaje. Por ahora, después de escribir esta nota, iré a comprar un nuevo kilo de maíz gringo. Y si está demasiado caro debido a la sequía en los “United States of América”, simplemente tendré que cambiarles la dieta, comprarles un peruanísimo “rechicken” (entiéndase repollo) o lechuga, o cebolla o culantro. Y así haré un mejor negocio. Y en tres meses obtendré carne más criolla y sabrosa a S/ 12 el kilo, pero obtenida a menor costo. Y así mis comelones no tendrían que salir a sumarse al pollo sindicalista de S/. 6.50 que hoy (ayer) posa encabezando una marcha por la subida del kilo, frente a Palacio. Protesta que por ahora –felizmente- solo existe en la imaginación del autor de Carlincaturas.
La idea
La idea siempre estuvo rondando, pero estaba tardando demasiado en salir. Y al fin emergió. Fue en la oscuridad. Llegó de madrugada casi diciendo pío, pío. Era miércoles y había saltado de la cama, otra vez consciente de que esa historia continuaba escapándose allí afuera ajena, huyendo en ese gran paisaje peruano de carreteras y calles congestionadas con camiones, motofurgones y motocicletas transportando pollos. Al otro lado de mi ventana, un invierno dudoso seguía despeinando a los polleros mientras manejaban rumbo a los mercados y bodegas piuranas. En la siguientes horas el Perú iba a comer, como siempre, sus casi tres millones de kilos de pollo diarios, incluido mi almuerzo de pecho y pierna. En un año y medio de búsqueda, la idea de cómo contar mi historia, seguía sin llegar, ni siquiera porque en ese lapso la cadenas de restaurantes de pollo más famosa del mundo y las peruanas más competitivas, habían abierto filiales en la ciudad; ni siquiera porque el consumo en el país había aumentado de a 36 kilos anuales por persona; ni siquiera porque en medio del boom gastronómico peruano, el Gobierno había creado el Día Nacional del pollo a la brasa; ni aún con todos esos acontecimientos había querido emerger la idea clave para echar a andar el proyecto. No surgió hasta ese amanecer, cuando –quién iba a creerlo-, regresando del baño, en lugar de volver a la cama, enfilé hacia mi computadora ociosa y solo supe que tenía el hilo conductor de la historia, al teclear cinco palabras: “voy a comprarme un pollito”. Pero tuvieron que ser dos. Obedeciendo a Ricardo Arjona (“en pareja venimos y en pareja hay que terminar”) y a la señora sin sonrisa, pero de sabios consejos que (“unito le grita todititita la noche y se muere”) eligió a Blanco y Canela, ni bien me vio sentado junto a sus gritones que vende en la vereda del Anexo del mercado Modelo. Los compré el 28 de julio, el mismo día en que 22 millones de peruanos escuchaban eso tan serio que es el Mensaje a la Nación del Presidente del País del Pollo a la Brasa.
Ahora que han cumplido un mes, me preocupa los cuidados que debo darles, que no corran mucho para que alcancen buen peso. El otro día Canelo empezó a cerrar un ojo y a abrir el pico. Lo curé con gotas de cebolla. Pero sobre todo los anima el esmerado cuidado que les da mi familiar, mi socio en este proyecto.
Como ahora formo parte del millón 280 mil peruanos al que el pollo peruano da empleo, me preocupa el futuro que le espera al buche de los míos. Espero saber al final de la aventura si ¿será el pollo para el Perú lo que la carne es para Argentina? ¿Una pasión nacional, por encima del fútbol y del cebiche? ¿Podríamos llamarnos peruanos separados del pollo? ¿Por qué el Norte no es el foco pollero del Perú si la historia avícola empezó con la llegada de Pizarro a estas tierras? Hasta dónde va seguir creciendo el consumo que cada año aumenta en 10%, según Pedro Mitma, presidente de la APA. Espero absolver muchas incógnitas… pero sobre todo comprender la “pollocultura” presente en casi todo lo peruano, desde la ramada con menú de estofadito de pollo de cuatro soles, hasta los aristocráticos restaurantes de 59,99 el combo de pollo, más postre, más limonada americana y un derroche de sonrisas. Ya veremos. Quedan todos invitados. Qué empiece la pollada.
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(*) Artículo Retos y oportunidades de exportación para el sector avícola peruano. Tomado del link http://www.actualidadavipecuaria.com/articulos/retos-y-oportunidades-de-exportacion-para-el-sector-avicola-peruano.html (MAYO 14/2012)









