Por. Lucas Jiménez
Diario EL TIEMPO – Piura.
-Por favor, llore por mí.
Hay que reír… “solo recibo llamaditas de gente alegre”, grita un animoso locutor en la radio de un taxi mientras viajo en busca de mujeres que lloran tristezas ajenas. Hay unos 350 millones de deprimidos en el mundo según la Organización Mundial de la Salud, y podrían estar mejor solo con reír más y a lo mejor disminuiría el millón de suicidios que registra cada año el planeta. En este preciso instante, miles de profesionales de cinco continentes aconsejan la terapia de la risa a sus millones de pacientes afectados por guerras, desplazamiento forzado, terremotos, huracanes o desempleo por la crisis financiera; pero en tres pueblos escondidos de Catacaos, a quince minutos de Piura, unas mujeres me dirán que el dolor solo se quita con lágrimas. En coro y con manto negro, me aconsejarán no la risa, sino el llanto como remedio infalible para la tristeza del alma.
-No he podido llorar lo suficiente a mi papá, murió hace tres años. ¡Ayúdeme a llorar por él!
-Te quedaste huérfano hijito, como yo, estamos huerfanitos, no tenemos a nadie, ni papá, ni abuelitos, ni ganadito, ni maicito. Solitos nos quedamos.
Sentada en la dureza de un banco de madera, doña María Candelaria tiene más de 80 años, carnes flacas y una teoría: “Si algún día no pudiera llorar, no soportaría el dolor del corazón”. Ochenta años gimiendo por muertos de los pueblos asentados alrededor de la milenaria huaca de Narihualá, su voz vuela hasta perderse en la llanura donde sus antiguos -eso dicen- veneraban al dios Walac, que miraba el futuro con un solo ojo tristón. Los ojos de Candelaria, que han llorado desde los años 30, solo tardan medio minuto en producir lágrimas.
Solo medio minuto.
Plañidera, según la Real Academia Española, es la mujer llamada y pagada que iba a llorar en los sepelios, en la Edad Media. El oficio fue prohibido en el siglo XVIII en España, pero en los últimos años está regresando a los funerales con autorización de algunos clérigos -dice la BBC- para salvar la economía de algunas mujeres ibéricas en tiempos de crisis.
La práctica plañidera al estilo español llegó al Perú con la Conquista, pero según algunos cronistas, los yungas -como se conocía en tiempos prehispánicos a los antepasados de los piuranos-, ya tenían la costumbre funeraria de llorar por los muertos. Según Pedro Cieza de León, cuando los señores morían, se juntaban los principales del valle, hacían grandes lloros y las mujeres se cortaban los cabellos hasta quedar sin ninguno. Con tambores y flautas, recorrían los lugares donde el finado solía festejarse más a menudo (…), llorando y cantando con grandes gemidos todas las cosas que le sucedieron en vida (*).
Aunque en las ciudades se cree que ya se extinguió esta tradición -también mencionada por los cronistas Padre Las Casas, Pedro Pizarro y Pablo de Arriaga-, sigue viva en algunos pueblos de Piura, no como un plañir por dinero, sino como muestra de dolor y pesar sin pago alguno. Candelaria es una de estas lloradoras. Para encontrarla, viajé a su vivienda de La Campiña, en la entrada a Narihualá. También hay lloradoras en La Legua, Cura Mori, Letirá, La Unión, La Arena y en muchos puntos del Bajo Piura, dirá Ruth Oliva Peña, en su oficina de Educación y Cultura de la Municipalidad de Piura, pero en Narihualá y Pedregal están las más populares desde hace un año, cuando el investigador y fotógrafo venezolano Antonio Briceño se apareció por aquí ofreciendo soles por llorar, y tras varios flashes las hizo personajes de “Plañideras, nuestras ultimas lágrimas”, la exposición fotográfica que montó en Caracas y recorrerá varias ciudades del mundo.
Si tengo suerte lograré convencerlas para que también lloren mis penas. Les preguntaré qué mantiene vivo su llanto, ese oficio que en España incluía también rasgarse la ropa, golpearse el pecho y arrancarse cabellos en plena misa o funeral. El Vaticano -según Anelise Infante, de BBC Madrid- empezó a perseguir el oficio en el siglo XIII, al considerar que las escenificaciones interrumpían la Misa y eran muy escandalosas. La costumbre fue finalmente prohibida desde Roma cinco siglos después. Pero yo he puesto todas mis esperanzas en que ese llanto interrumpido hace solo trescientos inviernos, aún se oye por aquí. Que al final de este viaje alguien llorará por mí, haciendo suya mi pena, varios años contenida.
-Diosito Jesucristo, la Virgen del Carmen lo protejan… Padre Dios lo tenga en su Reino. ¿Cómo se llamó tu papacito?
Vista a lo lejos, lo único que sobresale de Narihualá es su extraño cerro. Los pocos visitantes que caen por aquí no buscan servicio de lloronas como Briceño, sino información sobre esa elevación de tierra que en realidad es un templo y fortaleza de adobes de origen Tallán (no incaico), deformado por las lluvias de El Niño, según el historiador Jacobo Cruz. Lejos de la careta de pueblo turístico inventada por la propaganda estatal, alejada del discurso urbano “corre, corre corazón… que mis lágrimas jamás te voy a dar”, Narihualá, su camino de entrada -cercos, silencio, tierra, sudor-, te hace sentir caminando en el centro de la nada. Con suerte, aparece un arriero detrás de una vaca flaca. Sobre terrenos secos, las mujeres, algunas descendientes de lloronas de la primera mitad del siglo pasado, huyen del sol con leñas en los brazos. Un tipo con machete saluda detrás de sus burros… carreta… yerba, y por fin respiro. A primera vista, el ingreso al pueblo es una cicatriz despiadada de tierra y polvareda, con un viejo macilento asoleándose en un banco leñoso, escuela sin alma, maestros en huelga, niños bajo el sol cazando lagartijas, perros bajo sombra y otras imágenes para creer que esto no ha cambiado en siglos.
Mientras hago este reportaje, una madre de Narihualá muere después de dar a luz en su casa y sin asistencia médica, el mismo año en que su caserío cumple 547 años. Cerca de allí, seis mil familias del pueblo de Pedregal Grande siguen sin alcantarillado, doscientos siete años después de su fundación.
- Llora hijito… hay tanto por qué llorar.
La anciana en el banco. El manto en el piso. Separados de sus párpados, estos dos metros de seda negra, son un trapo más en la tierra. Sesenta años antes, estaría nuevo y perfumado, listo para las lágrimas del próximo velorio. Ahora delante de sus chancletas, en la sala taller de su nuera artesana de paja toquilla, lo pisa un perro chusco. El trapo tiznado, elemento indispensable en el oficio llorón, heredado de su mamita doña Santos Aquino, de la abuela Baltazara y de su “tiyita” Asunciona, está sucio, desteñido. En la misma mañana de setiembre en que un nieto pegado al televisor escucha una voz que dice no te despegues de la diversión, doña Cande dirá convencida que la paz con Dios y el consuelo después de la muerte, solo llegan con la sinceridad lagrimal.
“A veces la gente crea su propia forma de ver el otro mundo” -según el antropólogo del Ministerio de Cultura sede Piura, Oswaldo Purizaga-, especialmente en algunas zonas de la sierra, donde reproducen, formas de existencia de nuestro mundo en ese otro. Colocan la comida o bebida que más le gustaba al difunto, en su tumba. Incluso en la ciudad se coloca un vaso con agua o bebida del agrado del finado, al suponer que “recogerá sus pasos”, durante tres días. No sé si las lloronas, pero sí puedo decir que (en esta región) “muchas prácticas de culto a los muertos, provienen de la época prehispánica”.
En Piura y otras ciudades, donde se va perdiendo la costumbre de cantarles con guitarra a los muertos o amanecerse llorando en los cementerios con velas en las manos, y donde la chicha ya no permanece en cántaros y potos, sino en botellas y vasos; hay cada vez más paneles publicitarios que enseñan a sonreír. A esconder con los dientes el dolor del pecho. Excepto el loretano Raúl Vásquez, que hace cuarenta años compuso la canción La Plañidera, a nadie se le ocurre cantar y destacar el valor cultural de las que lloran a quienes no conocieron.
A más de 9 mil 500 kilómetros de Piura, en el Viejo Continente, las plañideras están de vuelta a los funerales españoles, ahora incluso con un menú más variado de servicios. Hay empresas que promocionan en Internet el servicio de llanto “con actrices y lloradoras profesionales” para dar realismo a las protestas contra el desempleo y la crisis financiera. El mes pasado, a las autoridades del estado mexicano de Querétaro, se les ocurrió promocionar el oficio organizando un concurso con veinte mil pesos de premio, para las mejores plañideras de San Juan. Ni qué decir de las lloradoras profesionales de China, como la famosa Hu Xinglanh (“Cuando actúo, mis manos y pies tiemblan, mi corazón duele, y mis ojos se nublan”), que cobra 800 yuanes por cada actuación.
A la piurana Rosa Ramos en Pedregal Grande, le gustaría dar similares servicios de lágrimas, dice, pero hasta ahora el venezolano Briceño es el único que le ha pagado por prestarle su llanto. Si desde los años sesenta hacia atrás, un sepelio con lloronas contratadas era señal de opulencia, ahora a muchos les “da estatus” diferenciarse de “las lloronas del Bajo Piura”.
“El llanto lo ponen los propios familiares. En cuarenta años viviendo aquí, no he visto un solo caso de mujeres a las que se pague por llorar”, me dijo un taxista de Pedregal, Eloy Sandoval.
-Ya nadie quiere. Antes llorábamos por Jesús en Semana Santa, en el entierro de un compadre o de un vecino. Hoy ya no dejan. Pero si no lloro, me da la corazonada (crisis nerviosa)-, se lamenta doña Cande.
Según el área de Salud Mental de la Dirección Regional de Salud, en Piura aumentan los trastornos depresivos. Ya suman 3 443. Pero cada vez se llora menos. ¿Lo necesitamos? Lo preguntas en una calle cualquiera de la capital de la región de las lloronas que muchos creían extinguidas, y la respuesta es un No unánime. La reacción es un despectivo “ah… las lloronas del Bajo Piura”. Llorar no siempre es bueno. Pero es dañino no hacerlo nunca. Al dejar fluir lo que sientes, las lágrimas se llevan muchas toxinas y dejan una sensación relajante, según los defensores de la terapia del llanto. Reprimir las lágrimas podría ser un síntoma de insensibilidad social. Un rasgo de indiferencia y olvido colectivos. Dos enfermedades que aún no alcanzan a un puñado de piuranas como María Candelaria Valverde Aquino que, varios siglos después de la catarsis del llanto plañidero practicada por los egipcios, se apoya en un rudimentario bastón que va dejando huequitos en la calle principal de La Campiña y viene por segundo día a llorar por mí. El momento mágico llegará cuando el negro del manto le reviva el blanco de las canas. Su hijo, el juez de Narihualá, ha recogido la tela maltratada, se la ha colocado después de sacudirle tierra y prejuicios, entonces los ojos de su madre dejan salir un líquido tibio que baja a irrigar las arrugas de costumbre. Como un encuentro de viejos amigos.
- Reza hijo (es decir llora) por tu papacito.









