Piura, tercera región más violenta… ¿porque no protege a la familia?

familiaPor. Lucas Jiménez
DIARIO EL TIEMPO

Con cifras de violencia familiar, que la ubican como la tercera región del país con más denuncias de maltrato familiar (físico y sicológico), Piura no encuentra estrategias eficaces para bajar estos índices. Y aunque un factor fundamental sea el debilitamiento de la estructura familiar y pese a que gobernantes y gobernados digan que hay que fortalecer a nuestra célula básica social, en el fondo son muy pocos los que van de la palabra a la acción. Falló la familia es el comentario habitual ante un nuevo filicidio o parricidio, pero casi nadie se pregunta qué hacer desde el Estado y las empresas privadas para que las familias funcionen mejor.

-Salud, porque no haya más Pierinas.

Grita una congresista de oposición en plena inauguración de la Casa Refugio para víctimas de violencia familiar de Piura. El resto de asistentes, incluido el Viceministro de Poblaciones Vulnerables y la Alcaldesa Provincial, aprueban lo dicho. No más violencia, se oye y huele a brindis, pero también a falta de sinceridad. Nadie quiere que Piura siga siendo  la tercera región peruana más violenta –según el Centro Emergencia Mujer-, con cuatro feminicidios y seiscientos doce víctimas de maltrato (el doble del año pasado), todos aquí dicen que quieren proteger a los débiles desde este local refaccionado que en adelante se llamará Pierina Nicole Cardoza, como la niña asesinada por su madre hace dos años. Pero mientras los presentes imaginan con furia a la filicida Isabel Chanduví, condenada a cadena perpetua hace diez días, olvidan que este caso y el de la joven que mató a su hermana de diecisiete años en Sullana y el del hijo que acaba de quemar a su madre en Lima, son solo casos puntuales. Sorprendentes, pero síntomas de un problema mayor del que nadie o muy pocos  se están preocupando, y es el debilitamiento de la familia.

“Ahora nos asombramos con estos casos. Seguramente en unos cinco años habrán pasado y estemos hablando de otras cosas, pero seguiremos teniendo los mismos problemas. Y es que cuando la familia se desintegra, eso no puede no tener consecuencias”, alerta un preocupado director de Instituto de Ciencias para la Familia de la Udep, Paul Corcuera.

Los casos de esposos que maltratan a sus mujeres o a la inversa, y los de hijos o hijas abusados y los suicidios y homicidios seguirán en aumento, si no se hace nada por fortalecer a la familia. Y si en este preciso instante millones de europeos sufren las consecuencias de una epidemia de divorcios y separaciones -según el famoso siquiatra Enrique Rojas-, esa moda va siendo copiada en el Nuevo Mundo. Piura y el Perú -según Corcuera- no son una burbuja. Si para aprender valores y amarse en lugar de matarse entre hermanos y entre padres e hijos, se requiere una estructura sólida y estable como la familia, contradictoriamente cada vez hay menos interesados en proteger. Es más, cada vez menos piuranos quieren casarse. Del 2005 al 2010 en la región y en el país las uniones por convivencia (y no por matrimonio) subieron de 22,5% a 24,5%, según la Encuesta Nacional de Hogares. Como consecuencia, hasta el 2011, en el Perú solo sesenta y seis de cada cien niños crecen con ambos padres, veinticuatro con un padre y diez sin ningún padre.

Hora de actuar
En Piura está pasando lo que pasa en el país, que la tasa de natalidad disminuye. Según el Instituto de Ciencias para la Familia, estamos por encima del nivel de reemplazo generacional que es 2,1. Es decir, si los matrimonios tuvieran 2,1 hijos en promedio la población se mantendría; pero si baja de ese nivel, empezaremos a estar como los europeos, habrá más viejos que niños.

Según Corcuera, los que van siendo adultos ahora tienen problemas para ser padres, porque vienen de familias disfuncionales, reconstituidas, de convivientes, gente que no vive con la esposa, sino con la querida, divorciados, hijos que viven con los padrastros o madrastras. La combinación de estos factores puede hacer que la unidad familiar se resquebraje.

***

Doce víctimas de golpes en el cuerpo o en el alma serán albergadas en la Casa Refugio Pierina Cardoza, anuncian los funcionarios y autoridades. Y cae una lluvia de flash porque acaba de llegar la Vicepresidenta de la República. ¿Será suficiente este esfuerzo en este local antiguo, para remontar las estadísticas en aumento de la tercera región más violenta del país? No es algo definitivo, pero es un primer paso, contesta la recién llegada. Y claro que con este centro que tendrá sicólogo, abogado y sociólogo, habrá donde atender a las mujeres, niños, y niñas librándolos de las manos de sus familiares agresores antes que sea tarde, repiten los asistentes a la ceremonia, después de más y más fotos.

Pero a muy pocos se les ocurre ir más atrás del problema, avanzar del final de tragedia al origen de las primeras lágrimas, no se oye una sola vez la pregunta de cómo era la familia de Pierina, cuándo fue, cómo fue que se rompió su vínculo afectivo, su escuela de valores en la calle Amazonas de Castilla. Tampoco el Perú se lo ha preguntado, quizá  porque a lo largo de las investigaciones judiciales, la preocupación de los medios nacionales se agotó en pedir sanción para la madre culpable. Su reciente condena a cadena perpetua suena a triunfo. Nada más ¿Y todos contentos? ¿Y las familias que aún tienen salvación, pero nadan en un mar de riesgos (Pornografía, permisivismo, placer desmedido, drogas) tratando de no llegar a graves abismos como el de Pierina?  Nadie se lo pregunta. Nadie.

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