¿La independencia de quién?

Balance de la Independencia, casi dos siglos después

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Hace 200 años el Perú era un país donde dos terceras partes de la población estaban compuestas por los indios, quienes, integrados en familias campesinas, vivían en comunidades rurales consumiendo lo que cosechaban, en sencillas casas de piedra y paja que ellos mismos levantaban.

Criaban animales cuya carne y lana aprovechaban, y pagaban tributos a quienes tenían la sartén por el mango. Éstos eran los españoles y sus descendientes criollos, quienes ocupaban los puestos de gobierno, monopolizaban las actividades más lucrativas de la economía y cobraban los tributos, apoyados para ello en la población mestiza, que componía más o menos una cuarta parte del total. El gobierno que ejercía la minoría de hombres blancos era controlado por una lejana monarquía europea que rotaba periódicamente a las principales autoridades y despachaba leyes e inspectores que cuidaban que la población y los tributos fuesen en aumento y que las colonias estuviesen seguras y al abrigo del ataque de sus enemigos.

La población campesina no guardaba buenas relaciones con la minoría blanca que la agobiaba con tributos y parecía siempre a la caza de sus recursos y su trabajo. Pero de ordinario se llevaba peor con los hacendados y mineros criollos y mestizos que con las autoridades peninsulares, ya que éstas tendían a ser más benévolas y respetuosas de las leyes que largaba el bondadoso monarca, a quien, por su parte, no habían visto nunca ni en pintura, lo que garantizaba una versión idealizada de este personaje. Después de algunos años de desempeño, solía suceder que las autoridades peninsulares comenzaban a abusar de su poder o a recibir sobornos de los interesados; entonces se decía que se habían “acriollado”, y se procedía a su reemplazo por nuevas autoridades.

Por ello, cuando por ese tiempo arribaron noticias de que el gobierno de los españoles podía llegar a su fin, quedando los reinos de Indias en manos de los criollos, fue un sentimiento de temor antes que de entusiasmo el que embargó a los campesinos nativos. Echar a los peninsulares y romper con la Corona española para dejar el gobierno en manos de los criollos era dejar al gato de despensero. La historia de los siglos pasados había mostrado que, clausurada la época del autogobierno indígena, fue la Corona de España el aliado más importante que habían tenido los nativos en sus relaciones con la élite de españoles y criollos que acechaban sus recursos. Cortado el lazo con esa Corona, ¿no quedaban en manos de sus opresores, sin tener dónde volver los ojos? ¿Alguien puede sorprenderse entonces de que los campesinos de Iquicha, Andahuaylas o Castrovirreina levantasen bandera por Fernando VII cuando los ejércitos patriotas de los criollos imponían a sangre y fuego la independencia de quienes no querían serlo?

Lo curioso es que en este antiguo país de los incas tampoco los criollos parecían querer separarse del Rey y de sus autoridades peninsulares. Al menos el grupo más favorecido, que solía habitar en las ciudades y compartir el poder con ellos, temía más a los indios que a la Corona. Con ellos no había tejido hasta entonces lazos de solidaridad nacional, paisanaje o afecto de algún tipo. Aún estaba fresco el horror que provocó la insurrección del cacique Tupamaro y que solo la fuerza —física y moral— de la organización virreinal pudo derrotar. Únicamente el monarca católico parecía tener un poder pacificador sobre los nativos y podía servir como un referente de unidad entre poblaciones tan distintas y enfrentadas.

Sin embargo, aunque parecía que la mayoría de la población de este reino prefería lo que luego la retórica patriota llamaría “una cruel servidumbre” al grito sagrado de la libertad, lo cierto es que un grupo de criollos y mestizos sí pareció ganado por la idea, y con el vital apoyo logístico, geopolítico y militar de Chile, el Río de la Plata y Nueva Granada (es decir, de todo el vecindario sudamericano) pudo imponer la ruptura con el imperio Borbón. La política, y más en aquellos tiempos, rara vez suele implicar el triunfo de la voluntad de las mayorías, y sí, más bien, la de la minoría mejor organizada y con más apoyo exterior. La tendencia reciente de los historiadores es a apreciar la independencia de las colonias hispanoamericanas como un proceso similar al de las antiguas regiones del imperio otomano o el de las exrepúblicas soviéticas, al comenzar y terminar el siglo XX, respectivamente, que más que luchar por su independencia se vieron impulsadas a ello por el derrumbe del imperio del que formaron parte.

Consolidada la nueva situación, ¿el temor de quiénes se hizo realidad? No el de los criollos prominentes, salvo el caso de quienes murieron en el atroz sitio del Real Felipe. Los indios no se comieron ni expulsaron a los blancos. No hubo “haitianismo” entre nosotros ni surgieron nuevos Túpac Amarus; y cuando en el curso del tiempo republicano se levantó algo semejante, ahí estuvo el ejército de la república para atar a las patas de cuatro caballos a los nuevos rebeldes. Cierto fue que en los primeros tiempos de la República los criollos de mayor relieve habían perdido las riendas de la situación y fueron mestizos emergentes como Agustín Gamarra o Ramón Castilla los nuevos líderes. Pero éstos, sin cuadros burocráticos ni personal ilustrado para la obra de la diplomacia y del gobierno interior, no tardaron en reclutar para el gobierno a los sobrevivientes de la hecatombe de la fortaleza chalaca. Un día, cansados de intermediarios tan poco confiables, éstos se reorganizaron, formaron sus partidos políticos, provocaron cambios en las reglas electorales y volvieron a ganar el control del gobierno que durante unos decenios pareció fuera de sus manos.

¿Fueron entonces los indios los grandes perdedores de la Independencia? Tampoco del todo, porque supieron hacer de la debilidad de los nuevos gobernantes una oportunidad para incursionar en ámbitos y negocios que antes les estuvieron vedados. Hicieron carrera en el servicio militar y eclesiástico, se volvieron empresarios informales en las minas y comercios que abandonaron los españoles, y dejaron de pagar el tributo, hasta que la república debió declararlo proscrito. Se llegó a un nuevo equilibrio en el que todos subieron un grado dentro de un conjunto que, a su vez, cayó varios, por la pérdida de las economías de escala que supuso la desaparición del imperio.

La conversión de la Colonia en República ha sido en el Perú, por fuerza, lenta y complicada, por el hecho mismo de haber sido impuesta por razones externas antes que internas. Tomó todo el siglo XIX estabilizar a una nueva élite gobernante; hubo de pasarse por la guerra del salitre y la amputación del desierto de Tarapacá para conseguir montar un esquema fiscal que hiciese viable la convivencia entre el Estado y una élite económica, y solo con el ingreso al siglo XX el gobierno pareció capaz de imponer la ley y los derechos de propiedad de los empresarios en los puntos clave del interior, como los asientos de minas y los latifundios para la exportación.

En el inventario y balance de la Independencia debe anotarse que ciertas cosas fallaron. La integración de los indios en la nación por la vía del reconocimiento a su derecho de propiedad, de su adiestramiento educativo y de su incorporación al esquema vial de la república se postergó demasiado tiempo, por el papel poco protagónico que ellos tuvieron en la nueva coalición gobernante. Esto perjudicó el desenvolvimiento económico al privar al país del aporte laboral y humano de dos terceras partes de su población. Tampoco se resolvió bien la situación del Alto Perú. Disputada por Buenos Aires y Lima, quedó como una tierra de nadie, desconectada de su puerto natural; de haber sido la región más próspera de América del Sur y fuente de su primer mercado interior, terminó como la de mayor pobreza y aislamiento. Esto afectó gravemente a toda la región del sur andino, cuya vitalidad bebía del dinamismo altoperuano. El poder se centralizó demasiado, privando a las élites regionales de la experiencia del autogobierno político y financiero. En este sentido, Lima se copió de Madrid, tratando de compensar su debilidad política con el acaparamiento de funciones.

La Independencia pudo haber sido la coyuntura crítica en que una sociedad aprovecha de la conmoción que trae un gran cambio político para replantear aspectos que en coyunturas normales es muy costoso modificar. Pero las propias condiciones en que ella ocurrió —más por implosión del imperio que por explosión de las colonias— no lo estimularon. Todo fue un acomodarse mediocre a las nuevas circunstancias, en que los únicos ganadores fueron individuos que supieron pescar en el río revuelto de la conmoción. El consuelo es que el tiempo de las naciones, a diferencia del de las personas, no tiene un ciclo biológico, y los 200 años pueden ser todavía una buena edad para apuntalar logros y corregir fallas.

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