La deplorable Democracia Latinoamericana

Por Óscar Schiappa Pietra
Abogado, Catedrático Universitario y empresario

Estos no son tiempos auspiciosos para la democracia a nivel global. El encumbramiento de regímenes autoritarios en variadas latitudes, el rotundo fracaso de la Primavera Árabe, y el debilitamiento en el funcionamiento de los mecanismos de protección internacional de derechos humanos, constituyen evidencias suficientes y penosas sobre la regresión democrática global. A ello Latinoamérica agrega su cuota de sinsabores, en medio de la generalizada indiferencia cívica de sus gentes. Las reformas políticas en Cuba son harto lentas y casi imperceptibles; en Venezuela, la ciudadanía sigue profundamente dividida, mientras continúa deteriorándose el bienestar material e institucional del país, bajo la irresponsable e inepta conducción del Presidente Maduro; en Nicaragua, Ecuador y Bolivia, continúan sin tregua los procesos de reiterada reelección de los gobernantes, y de disolución de los sistemas de control y balance constitucional; mientras en varios otros países se acrecientan las evidencias de la penetración del crimen organizado en las organizaciones partidarias y en el quehacer político.

Latinoamérica conmemora en estos días tres décadas de restauración de loa democracia formal, pero hay poco motivo para celebrar. Dentro de cada país y a nivel regional se ha avanzado poco en entronizar los valores y mecanismos de la democracia, y en muchos casos se evidencian groseros retrocesos. Pero todo esto viene ocurriendo en medio de gran apatía ciudadana y de complicidad por parte de gobiernos que exhiben mejores credenciales de gestión democrática en la esfera interna. La adopción de la Carta Democrática Interamericana, en 2001, debió significar el inicio de una nueva etapa, signada por un mayor compromiso colectivo en favor de la afirmación y defensa de la democracia; empero, ha ocurrido exactamente lo contrario. Tanto la Carta Democrática Interamericana, adoptada en el seno de la OEA, cuanto este organismo, han probado con ribetes patéticos su ineficacia: el golpe de estado en Honduras, en 2009, así lo evidenció, y las cotidianas regresiones en varios otros países simplemente lo han ratificado.

Es limitado lo que desde el exterior puede hacerse para frenar a los gobernantes autoritarios: la lucha por la democracia requiere ser principalmente un proceso interno, una amalgama masiva de voluntades ciudadanas iluminada por los ideales de la libertad y de la justicia. Y, en varios de los escenarios nacionales de Latinoamérica, las fuerzas de oposición democrática no han logrado superar las intimidaciones ni forjar una voluntad colectiva capaz de recuperar espacios y de frenar a los regímenes de abuso. Pero también es cierto que el silencio regional -de otros gobiernos con mejores credenciales democráticas; de los organismos intergubernamentales; y, de la ciudadanía latinoamericana, generalmente desinformada sobre lo que viene ocurriendo- abre la senda para que el autoritarismo y otras prácticas anti-democráticas nos sigan ganando terreno.

Frente a un entorno global asaz complejo y anárquico, Latinoamérica debiera estar ejerciendo mayor protagonismo en cumplimiento de su deber de cooperación para afirmar la gobernanza global, según lo prescribe la Carta de las Naciones Unidas. En vez de ello, nuestra región hoy atraviesa una suma de variadas crisis políticas nacionales, generadas por los arrebatos autoritarios y anti-democráticos de diversos de sus gobernantes. Esto amengua las capacidades de respuesta que nos reclama el escenario global, y nos conduce al letargo.

Los latinoamericanos tenemos que recuperar la capacidad de indignarnos ante el abuso, el recorte de las libertades y la corrupción pública, y debemos poder transformar este sentimiento en energía renovadora. La democracia es y tiene que seguir siendo tarea de nuestras gentes y de nosotros. Ante las arremetidas autoritarias y anti-democráticas, nuestra pasividad ya se ha convertido en un pecado cívico.

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